Escucha mi corazón

ImagenPeter sabía que había una estrella dentro de ella que la hacía brillar, un conjunto de colores que la convertía en un diamante puesto al sol. En alguna parte de la historia él había sido su mejor amigo. Las confesiones genuinas fueron creando puentes, altos muros de contención. Muchos años de soportar historias que salían de la boca que él quería besar, lo hicieron perder los estribos. Cuando el sol se puso y en hora cotidiana de la llamada ella contaba su travesía por un mundo que se renovaba día tras día: quería ser la novia de César, otros días estaba complejamente triste y, a través, del auricular podía sentir su dolor, el recorrido de cada lágrima por su rostro. A veces, su sonrisa generaba pequeños huecos en sus mejillas que Peter podía imaginar al hablar con ella por teléfono y escucharla reír. 
Peter podía sentir el latir de su corazón, él podía escuchar su corazón a kilómetros de distancia. Sin embargo sólo él podía hacerlo, podía escucharla callado horas de conversación. Había un emisor pero el receptor era completamente pasivo. Ella no escuchaba su corazón, ni sus sentimientos sólo escuchó de Peter un adiós en la última llamada que realizó.
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